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Un cacho albayverderol — 30-09-2008 GTM 1 @ 15:17

Entretanto…

-Kail, esto no tiene muy buena pinta.
-¡Me importa un rábano la pinta que tenga! ¡He perdido la ballesta!
-¿Prefieres perder un arma a tu brazo?
Kail refunfuña. Él es un muchacho de dieciséis años, alto y atlético. Es el mejor Cazador de toda la Ciudad del Crepúsculo, la mano derecha de Su Majestad. Aún así, es propenso a actuar sin pensar en las consecuencias.
-Está infectado –le habla Mik, su colaborador y protegido. Un año menor, es serio e introvertido. Además, entiende un rato de medicina-. ¿Cómo se te ocurre salir solo a enfrentarte con una serpiente gigante? ¿Estás loco, o qué?
-Es un encargo –replica Kail, molesto. No entiende qué ha salido mal. La víbora acorazada no tendría que haberle atacado, sino caer fulminada. Y ahora se encuentra con que se ha quedado sin ballesta y con la marca de los colmillos de la víbora de recuerdo en su brazo.
-Tendrás que buscar otra.
-¿Otra qué?
-Otra ballesta, idiota.
Kail retira el brazo que estaba curando su compañero, dolido. Se levanta y se esfuma, para aparecer en medio de un huerto a medio arar. La noche se cierne sobre él. Apenas puede distinguir el caserón que se yergue al pie del huerto, al que Kail se aproxima y llama a la puerta. Abre una chica menor que él vestida de doncella, que nada más verlo, tuerce el gesto y trata de cerrarle, pero Kail es más rápido y se cuela de un salto. La doncella masculla un insulto entre dientes.
-Lárgate –le ordena a Kail-, no eres bienvenido aquí.
-Lo sé –dice él, desviando la vista al suelo- pero tengo problemas.
-Raro sería que estuvieras libre de ellos. De todos modos, eso ya no es asunto mío, lo siento.
La muchacha le lanza una mirada desafiante, que Kail sostiene hasta que ella da un paso atrás.
-No te puedo ayudar –dice con voz ahogada.
-Sarah, nada te lo impide.
Sarah levanta la cabeza, él gira sobre sus talones. Y allí, descendiendo por las escaleras, un hombre anciano y de cabello blanco les sonríe. Sarah hace una leve inclinación a modo de reverencia, pero Kail no se inmuta. El anciano se interpone entre los dos.
-Kail…Eres tú, ¿verdad? –Espera a que el joven asienta con la cabeza antes de proseguir-. Ha pasado mucho tiempo desde nuestro primer encuentro, y éste no fue precisamente agradable.
-No, no lo fue, señor –un nudo empieza a formarse en su garganta al decir esto.
-Señor, permítame que le recuerde la verdadera naturaleza de Kail –interviene Sarah.
El anciano la ignoró.
-Has crecido –le dice al Cazador.
Kail, incómodo, se encoge de hombros.
-Señor, le aseguro que no soy el mismo que usted conoció años atrás.
-Lo sé, muchacho, lo sé, por eso si te podemos ayudar en algo, lo haremos.
Sarah escucha aquello boquiabierta. Intenta protestar, pero el anciano la acalla.
-Sarah, como ya he dicho, ha pasado mucho tiempo. Todos merecemos equivocarnos, y todos merecemos una segunda oportunidad.
Kail no puede reprimir un suspiro de alivio. Aunque sabe que pronto dará comienzo el baile de problemas.
Los tres suben al primer piso, donde se encuentra el pequeño salón de la casa. Es una estancia rectangular provista de una chimenea, algunos sofás y una mesa pequeña. Sarah se marcha a la cocina y el anciano invita a Kail a que tome asiento, cosa que él agradece, pues esta agotado.
-Bueno, muchacho –le dice, mientras se acomoda en un sillón-, ¿puedo hacer algo por ti?
-Creo que sí, señor. Tengo un pequeño problema, he perdido la Llave.
Se oye romperse un plato en la cocina. El anciano, exaltado, da un bote en su asiento.
-¿¡Qué!?

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